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Reseña de El Triángulo por Inti Juarez

Tres ángulos, tres perspectivas, tres cuerpos, miles de maneras de sentir el deseo.
¿Qué pasaría si un día nuestra cama cotidiana se desdibuja? ¿si un día nos levantamos y ya no tiene un borde en dónde sentarnos, pero sí del que podamos casi resbalar y sentir el segundo de adrenalina que antecede la caída?
La novela empieza con una puerta que se le abre a Malena, un personaje que perdió o quiso perder la llave pero que buscó nuevas maneras de abrirla, y una vez adentro vio que no era tan fácil salir.
Abrir. Abrir la mente, abrir el cuerpo, abrir los orificios, abrir los ojos, abrir el tacto, abrir la piel, abrir la boca, abrir las sábanas, abrir las piernas, abrir la carne, abrir tajos y salir.
Una novela que nos invita a un viaje iniciático de placer sexual, que nos abre la puerta a cuestionarnos las normas de lo impuesto en los vínculos de pareja, que nos muestra cómo un personaje aparentemente clásico se sienta en el borde de su cama y se anima a arriesgar. La propuesta de intentar construir una figura de tres puntas involucra a personajes clásicos, nada extravagantes: Manolo y Malena, una muchacha que tiene su clásico trabajo alienante y que convive con su novio. La cercanía que podemos sentir hacía ellos, la cotidianeidad, pensar que podríamos viajar con cualquiera de ellos dos en el colectivo 107, es el golpe realista que necesitamos para replantear nuestra propia manera de entender o de vivir los vínculos de pareja. Todo muy bien hasta acá, el par que asociamos al equilibrio. Pero el número es el tres: Martín Ayala: el único personaje con nombre compuesto, el único del que sabemos su apellido. Ayala es nuestro Yago de Otelo, sin la tragedia de los celos enfermizos que lleva al femicidio, pero sí con mucho de maquiavélico.
Cecilia Rodríguez, su autora, nos invita a ese viaje. Un placer narrativo de cuatro: Malena, Martín Ayala, Manolo y el lector.

Inti Juarez

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