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Reseña El Triángulo por Javier Carreira

Malena y Manolo están atrapados. Quizás Ayala también. Tensiones propias de un thriller los ponen a prueba. Pero El Triángulo, de Cecilia Rodríguez, no es un thriller. Es la historia de una relación amorosa. Pero tampoco es una novela romántica. En El Triángulo el amor romántico apenas cabe en el recuerdo. Es un hito dejado atrás, al que ya no tiene sentido volver. Ahora el crimen se despliega; fenecido lo común, la relación amorosa se transforma en un bar, donde en cualquier momento un parroquiano puede partirle una silla en la cabeza a otro. La estafa, la intimidación, los golpes que hacen sangrar la boca, el robo, la extorsión, irrumpen en la relación amorosa como traídos del género policial. ¿Pero no ha sido siempre así? ¿No habrá cambiado todo para que al final no cambie nada?
En El Triángulo las elipsis atraviesan la trama, como balazos. El narrador, con una prosa desbordante, compagina los testimonios que aún permanecen de pie. El lector es detective, los personajes también, como lo somos todos los amantes llegado el punto. ¿Acaso el amor no es una narración que rescatamos de las fauces de la elipsis? Como en una investigación policial, las pruebas no son nada sin la amalgama de las hipótesis. Y en El Triángulo el amor, como toda hipótesis, es provisional. Los personajes la van tejiendo mientras los cuerpos son accionados como gatillos y las esquirlas de la pasión hacen daño. La violencia física amedrenta pero también gusta. Los matones gozan; hasta el más fuerte puede ser vapuleado. Muerto el amor romántico, la relación amorosa se ha transformado en una zona liberada donde reina el peligro. La amenaza de caos es constante. El vejamen irreparable está a la vuelta de la esquina. Apenas podríamos soportar este clima si no fuese por el deseo que se expande dentro de nosotros como una hiedra.

Javier Carreira

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