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Reseña sobre El Triángulo por Germán Moretto

De un huevo puede salir cualquier cosa. Un pez, un cisne, un reptil. Me quedo mirando la imagen de una tortuga emergiendo de un cascarón: completamente desarrollada, caparazón y todo. Si el primer libro es el huevo del que nacen los escritores, Cecilia Rodríguez nació preparada, con todo lo que hay que tener: camina, corre, salta; se zambulle, vuela. Observa. Cava.
Cuando uno escribe, uno no es uno. Parece una verdad muy vieja, pero no siempre la revalidamos. Si uno cuenta con la capacidad de suspender sistemas de creencias, simpatías y antipatías, los personajes encuentran lugar para expresarse por sí mismos. Si, además, uno permite que desembuchen, y no los anda corrigiendo ni guiando, los personajes incurren en contradicciones. El escritor, entonces, pasa a convertirse en un conspirador detrás de un telón, que enciende o apaga luces para atraer a sus creaciones de un lado a otro; un arquitecto secreto, armador de puestas vacías, que ellos se encargan de llenar con lo que cargan encima. Cecilia tiende la cama en el centro de una habitación triangular. No hay puerta de salida. Hay ventanas tapadas, pasajes secretos. Y esa perspectiva engañosa, de tres vértices desparejos, que va revelando, a medida que uno se adentra, una mayor profundidad.
Gabriela Cabezón Cámara dice, en su contraportada: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. Este libro es para les que se juegan un pleno por la literatura. Para les que resisten el golpe y se pasan la lengua por la comisura del labio. Un libro que es para todes, pero no es para cualquiera.

Germán Moretto

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